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Relato con un fondo de agua



¿Sabés? Lo terrible de ese momento de la juventud es que en una hora oscura y sin nombre todo deja de ser serio para ceder a la sucia máscara de seriedad que hay que ponerse en la cara, y yo ahora soy el doctor fulano, y vos el ingeniero mengano, bruscamente nos hemos quedado atrás, empezamos a vernos de otro modo aunque por un tiempo persistamos en los rituales, en los juegos comunes, en las cenas de camaradería que tiran sus últimos salvavidas en medio de la dispersión y el abandono, y todo es tan horriblemente natural...

Julio Cortázar.

Aportó: Vicky.


Instrucciones para dar cuerda al reloj

Foto: Julio Cortázar, escribiendo.


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan --no lo saben, lo terrible es que no lo saben--, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


Julio Cortázar.

Aportó: Vicky.

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frequencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situá un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de transladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Historias de Cronopios y de Famas, Manual de Instrucciones, Julio Cortázar.

Muchas gracias, Pau, por tu aporte.

Ex voto

A las chicas de Flores


Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.
Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para trasmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo que el sexo se les caiga en la vereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás --empavesadas como fragatas-- van a pasearse por la plaza para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforecentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo, a todos los que pasan por la vereda.


Oliverio Girondo.
Buenos Aires, octubre 1920.


Muchas gracias, Pau, por tu colaboración.

Didascalias

El comedor de una lujosa casa. Al comenzar la acción, Emma está sentada en un sillón leyendo una novela. Entra Peter.

Peter: Buenos días, Emma. (Camina con el paso lento de los traidores, con la morosidad de los que habiendo decidido cometer un acto brutal esperan, sin embargo, que una circunstancia fortuita venga a redimirlos a último momento. Se va acercando a Emma como para decirle algo, pero luego retrocede, horrorizado ante sí mismo. Con ambas manos se toma la cabeza y se mira en un espejo francés, que otras veces lo ha reflejado en compañía de amantes ocasionales. Peter se retira del espejo, tal vez avergonzado de los innumerables adulterios que ha llegado a cometer en esa misma sala. Caviloso, mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y vuelve a acercarse a Emma. De pronto se detiene. Con aire espantado saca del bolsillo derecho una carta. Comienza a romperla, pero luego se arrepiente y la guarda. Es evidente que se trata de la carta que esa misma tarde le ha escrito Adelia, la mucama. Como si temiera que Emma fuera a darse cuenta de que en aquella carta figura el plan detallado de su asesinato, Peter introduce el papel hasta el fondo del bolsillo de su chaqueta. Una chaqueta cara, típica de quienes habiendo tenido un origen humilde se han casado por dinero con una mujer a la que no amaban. Peter saca un pañuelo manchado de rouge y se seca la transpiración. De su bolsillo cae un cuatro de copas. Peter lo recoge apresuradamente, temiendo que Emma vaya a sospechar que ha estado jugando y perdiendo durante muchos años y que ahora solamente podrá salvarlo una herencia afortunada. Disimulando su inquietud, sonríe.)

Emma: Buenos días, Peter. (Mira al público como expresando que ya está en antecedentes del siniestro plan que se prepara en su contra. Sonríe con la superioridad de las mujeres que han tomado hace poco un nuevo amante.)

Adelia: (Entra con una bandeja y dos copas llenas. Tiene en su rostro la expresión inquieta de las mucamas que tienen con su patrón una historia demasiado profunda. Deja las bebidas sobre una mesita. Mira hacia todos lados, como si temiera que alguien pudiera descubrir que una de las dos copas está envenenada. Mete las manos en el bolsillo de su uniforme y suspira profundamente, como satisfecha de saber que allí tiene los dos pasajes del avión que a la mañana siguiente habrá de conducir al Caribe a ella y a Peter. Se retira).

Emma: ¿Brindamos? (Con la crueldad soberbia de los que han ingerido un antídoto que los pone a cubierto de cualquier veneno.)

Peter: Salud. (Bebe la copa hasta el fondo, con la ingenuidad de los que ignoran que el verdadero veneno ha sido puesto en la comida unas horas antes. Se acomoda la corbata que le ha regalado Adelia, en un gesto que le resultara patético si supiera que ambos van morir.)

Emma: (Un poco lánguida porque no ha comido.) Salud. (Bebe poniendo los ojos en blanco, como quien piensa en un joven amante, que es además el cocinero.)


Alejandro Dolina.
Muchas gracias, Pau, por tu colaboración.

El salón de baile sin baños o el rapto de los orinantes

Un pintoresco croquis del Atlas señala en la calle Yatay un enorme salón de baile. A pesar de su lujosa apariencia, el local no tenía baños. Sucedí aentonces que los bailarines se veían obligados a abandonar la milonga para pedir permiso en casas vecinas o costearse hasta algun café más hospitalario. Sin embargo los más audaces solían aventurarse en un yuyal cercano que ofrecía una sombría privacidad. Los Cronistas Soñadores sostienen que nadie regresaba jamás de aquel sitio. Citan el testimonio de más de cuarenta damas abandonadas que en vano esperaron a sus compañeros, a veces en el interior del salón, a veces en la misma vereda del potrero. Los espíritus fantásticos pretenden que los brujos raptaban a los bailarines y los llevaban a sus gabinetes como esclavos o como carnada para atraer a los demonios. Por esa razón, o quizás por la escasa belleza de las damas asistentes, los jóvenes dejaron de concurrir al salón. Los propietarios hicieron construir baños pero ya era demasiado tarde.


Alejandro Dolina.




Foto: Alejandro Dolina.

Sueño de Rimbaud

El joven Arthur acecha. Estoy arriba, en el dormitorio, vendando mi herida. Él entra. Se apoya contra uno de los barrotes. Sus mejillas rosadas. Aire despectivo, manos grandes. Me parece endiabladamente sensual. Cómo pasó esto, pregunta él sin afectar importancia. Enseño el sanguinolento caos de mi ojo. Cae sobre sus rodillas. Llora y se aferra a mis piernas. Agarro su pelo. Casi quema mis dedos. Espero fuego de zorro. Suave pelo amarillo, pero con ese inconfundible matiz rojo. Oh, Jesús, lo deseo. Puerco hijo de puta. Me lame la mano. Yo sobria. Vete rápidamente, tu madre espera. Él se levanta. Está yéndose. Pero no sin la mirada de esos fríos ojos azules que desintegran. Quien vacila es mío. Estamos sobre la cama. Tengo un cuchillo junto a su cuello. Lo dejo caer. Nos abrazamos. Devoro su pelo. Piojos como el dedo gordo de un bebé. Piojos, caviar de los cráneos.
Oh, Arthur, Arthur. Estamos en Abisinia, en Adén. Haciendo el amor. Fumando cigarrillos. Nos besamos. Pero es mucho más. Azul brillante. Piscina azul. Diestro lago de aceite. Las sensaciones se concentran, se animan. Dorado cristalino. Bolas de cristal coloreado, estallando. Costura de tienda bereberé desgarrándose. Aberturas, abierta como una caverna, más abierta. Rendición total.

Patti Smith.



Foto: Patti Smith, punk.

Muchas gracias, Griselda, por tu colaboración.

Quisiera, por milagro, encontrarme en Ispahan esta tarde

El mapa de nuestra vida está plegado de tal suerte que nunca vemos el único gran camino que lo atraviesa; en cambio, a medida que él se abre, vamos divisando a diario una pequeña ruta nueva. Creemos elegir y no está en nosotros la elección.

Un jardinero persa, muy joven, suplicó a su príncipe:
--Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. ¡Sálvame! Quisiera, por milagro, encontrarme en Ispahan esta tarde.
El generoso señor proporcionó sus mejores caballos. En la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte.
--¿Por qué --le pregunta-- hizo, esta mañana, ese gesto de amenaza a mi jardinero?
--No le hice un gesto de amenaza --responde la Muerte-- sino de sorpresa. Porque lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debía tomarlo en Ispahan esta tarde.

El gran extravío, Jean Cocteau.